COMENTARIO: ERIC KULISCH

La inquietante definición de la victoria de Trump

Eric Kulisch es corresponsal de Washington para Automotive News.

WASHINGTON – La táctica de tierra quemada del presidente Donald Trump derivó finalmente en la revisión de un acuerdo de libre comercio con Canadá y México, ¿pero a qué costo?

El resultado reforzó la visión presidencial de que la intimidación funciona. Ahora habría que esperar que la Casa Blanca conceda el mismo a Japón y la Unión Europea durante las reuniones de comercio bilaterales.

Trump, que califica de terribles todos los acuerdos y políticas internacionales anteriores a él, previsiblemente ha rebautizado al nuevo Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA). Su modus operandi consiste en anunciar un problema donde no lo hay –o es menor– para luego proclamarse victorioso por haber salvado al país del límite al que él mismo lo orilló.

Fue así como consiguió el Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (USMCA, o T-MEC en español), de cuya aprobación es ahora responsable el Congreso. La verdad incómoda es que la mayor parte de lo que contiene el acuerdo comercial trilateral ya se había conseguido en el Acuerdo Transpacífico (TPP) con otras 11 naciones.

Pero, un minuto después de haber tomado posesión, Trump retiró a Estados Unidos de este último.

El TPP representaba un intento de modernización del NAFTA, con el beneficio adicional de vincular a otras nueve naciones en una relación de cooperación diseñada para presionar a China a abandonar prácticas comerciales desleales.

El principal cambio en el USMCA fue elevar el nivel de las reglas de origen de los automóviles. Si la industria automotriz o los trabajadores estadounidenses se beneficiarán con ello es una pregunta abierta. Sin embargo, una cosa es segura: los costos de producción aumentarán

Algunos agregados - disposiciones sobre comercio digital, derechos laborales, manipulación de monedas e impuestos aduanales - son un avance respecto del TPP. Y la administración fue capaz de estrujar modestas concesiones de Canadá sobre las importaciones de lácteos, aunque esas ganancias menores son eclipsadas por el daño a la industria de lácteos como resultado de las represalias mexicanas a los aranceles del acero estadounidense.

Pero no había motivo para distanciarse innecesariamente de aliados cercanos, crear dos años de incertidumbre para invertir, tensar al sector privado en los tres países y menoscabar la credibilidad de Estados Unidos, siendo que muchos temas podían haberse resuelto de manera contundente, aunque respetuosa, a través de los canales regulares.

Japón y la Unión Europea tienen razón en estar preocupados por las conversaciones en materia comercial. Disponen de una condonación temporal de los supuestos aranceles automotrices de hasta 25 por ciento, pero dicha condonación puede rescindirse en cuanto Trump perciba que no está sacando ventaja de las pláticas.

Los japoneses están enervados porque Canadá aceptó una cuota de importación si se imponen aranceles de seguridad nacional a los autos. Y es que este país luchó por una excepción irrestricta con base en sus fuertes lazos con Estados Unidos. Además, conforme a las reglas de comercio global, los países ya no pueden introducir cuotas en los productos, excepto para determinados casos agrícolas que se eximen de ello.

Recientemente, el secretario de Comercio Wilbur Ross declaró que Japón podía estar seguro de evitar los aranceles a los autos si las empresas automotrices produjeran más en Estados Unidos. Por lo visto, ignora la amplia presencia en este país de Toyota, Honda, Nissan y Subaru, sin contar el plan de Mazda de construir con Toyota una planta en Alabama.

Funcionarios de comercio de Estados Unidos han dejado en claro que, tratándose de autos, estarán haciendo peticiones unilaterales. No hay que esperar ninguna liberalización del arancel de 2.5 por ciento sobre los vehículos de pasajeros o el impuesto de 25 por ciento a los camiones ligeros pickup.

Lo anterior podría ser parte de un esfuerzo por hacer que Japón abra su mercado agrícola, dado que los fabricantes de autos estadounidenses han dicho claramente que no están muy interesados en intentar penetrar en el país asiático.

Ford abandonó el mercado en 2016 y General Motors vendió ahí 1,389 vehículos el año pasado. Jeep era la marca de Estados Unidos número uno, con 10,102 vehículos. Hace cuatro décadas, Japón eliminó los aranceles automotrices, pero los tres grandes de Detroit han concluido esencialmente que no vale la pena recurrir a los recursos necesarios para cambiar las preferencias de los consumidores en Japón.

Dicho esto, aun cuando los fabricantes de autos no vayan a darle un gran impulso al mercado por ahora, Estados Unidos puede pedir cosas para facilitar este proceso en algún momento a futuro: mayor acatamiento de las normas de seguridad estadounidenses, cambios en el sistema japonés de inspección, de manera que sea menos costoso someter a los autos a revisión para fines de cumplimiento y resulte más fácil penetrar en las redes de concesionarios.

Esas son cosas que Estados Unidos intentó obtener también en el TPP.

Y sigue valiendo la pena ir tras ellas, pero si en el proceso se trata a los socios comerciales con respeto, todos ganarán al final.

Puede contactar a Eric Kulisch en ekulisch@crain.com


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